Ciudad de México.
La digitalización de la economía mexicana está entrando en una nueva etapa. La propuesta gubernamental para impulsar pagos electrónicos en sectores como gasolineras y casetas de peaje representa, en principio, una política de modernización financiera; sin embargo, también coloca sobre la mesa una pregunta estratégica: ¿México está construyendo los primeros cimientos de una CBDC —moneda digital de banco central—?
La respuesta, con la información disponible, es no todavía, pero sí existen elementos de infraestructura que podrían facilitar ese camino.
Una CBDC sería dinero digital emitido directamente por el banco central y constituiría un pasivo de éste. No debe confundirse con una tarjeta bancaria, SPEI, CoDi o DiMo: esos sistemas digitalizan o movilizan dinero existente, mientras una CBDC representaría directamente dinero del banco central en formato digital.
México actualmente no cuenta con una CBDC de circulación general. Lo que sí existe es una infraestructura de pagos digitales cada vez más amplia. La iniciativa analizada contempla medios como tarjetas, SPEI, CoDi, DiMo y telepeaje, por lo que digitalizar pagos no equivale a crear un peso digital.
La ventaja para el Estado: trazabilidad
Para el gobierno, la digitalización tiene un atractivo evidente: cada operación electrónica deja una huella financiera.
Una venta digital puede vincularse con el pago, el registro contable y la factura, facilitando la fiscalización y el combate a evasión, lavado de dinero, facturación falsa y economía informal. En sectores como combustibles, donde existen obligaciones fiscales relevantes, esta trazabilidad puede convertirse en una herramienta de recaudación.
Para empresas y consumidores también existen beneficios: menor manejo de efectivo, reducción de costos operativos, menor exposición a robos, pagos más rápidos y mejor información financiera. En las empresas, una mayor velocidad de cobro puede mejorar el capital de trabajo y la liquidez.
Pero el reverso es significativo.
Una economía cada vez menos dependiente del efectivo concentra más información sobre qué se compra, cuánto se gasta, cuándo, dónde y con quién. El problema no es necesariamente la trazabilidad —que ya existe en buena medida con la banca digital—, sino cuánto podría ampliarse si en el futuro se incorporara una CBDC con mayores capacidades tecnológicas.
El verdadero riesgo: dinero programable
Una CBDC podría incorporar, dependiendo de su diseño, límites de tenencia, límites de transacción, pagos condicionados o funcionalidades de programación. Eso permitiría, por ejemplo, que determinados recursos públicos tuvieran restricciones específicas de utilización. Pero una CBDC no implica automáticamente dinero programable: esa capacidad dependería de las decisiones jurídicas, regulatorias y tecnológicas de cada país.
Aquí aparece la principal línea roja para México: una cosa es digitalizar el dinero y otra convertirlo en una plataforma capaz de condicionar su utilización.
¿Estamos poniendo los primeros cimientos?
Sí, aunque sería incorrecto afirmar que México ya está creando una CBDC.
La trayectoria tecnológica puede visualizarse como:
efectivo → tarjetas → SPEI → CoDi/DiMo → pagos digitales generalizados → tokenización → CBDC potencial.
México avanza claramente en las primeras etapas. Si la digitalización continúa incorporando pagos, identidad, fiscalización e infraestructura financiera, el país estaría acumulando componentes que podrían facilitar posteriormente una moneda digital del banco central.
Las Claves de ENCLAVE
El punto crítico no es preguntarse únicamente si el peso será digital. La pregunta estratégica para ciudadanos, empresarios e inversionistas será quién administrará la infraestructura, quién tendrá acceso a los datos y qué límites existirán para intervenir sobre las transacciones.
La digitalización puede convertirse en una herramienta de competitividad, inclusión y eficiencia. Pero sin reglas robustas de privacidad, debido proceso, ciberseguridad, interoperabilidad y protección contra bloqueos arbitrarios, la misma infraestructura podría aumentar significativamente la capacidad de vigilancia financiera.
El debate ya no es solamente si México dejará de utilizar efectivo, sino qué tan digital será el dinero, quién controlará la infraestructura y hasta dónde podrá llegar la capacidad del Estado para rastrear las operaciones.
El debate ya no es solamente si México dejará de utilizar efectivo, sino qué tan digital será el dinero, quién controlará la infraestructura y hasta dónde podrá llegar la capacidad del Estado para rastrear las operaciones.
México todavía no tiene un peso digital. Pero los cimientos de una economía preparada para recibirlo —si algún día se decide— comienzan a construirse.





